Recorriendo esas calles que de niño fueron nuestro mundo de fantasía,
bajando con amigos, riéndonos y con el balón en la mano,
arañando cada segundo de un caluroso agosto,
aquellas tardes eternas y la bella estampa del atardecer que se escondía tras los edificios donde vivías,
saboreando helados en compañía y dejando que la chica que te molaba le diera un bocado al tuyo de fresa y nata,
la excursiones a descubrir el fantástico mundo de la selva callejera,
esos secretos de colegas que aun veintitantos años después aun callas como si fueras una tumba egipcia,
esos escondites que buscabas, esas caídas infernales en gravilla, patadas en las espinillas, enormes chichones, y rencillas de amigos,
esa magia juvenil, recuerdos que se quedan marcados de por vida,
benditos recuerdos de aquellos veranos, donde el único calor era el humano, el de tu verdadera familia en esos meses «tus amigos del barrio».


